Al igual que las modas y costumbres, los cánones y patrones de belleza femenina han tenido una marcada evolución a través de los siglos, respondiendo a motivos sociales y económicos.

A lo largo de la historia el ser humano se ha ocupado y preocupado de su cuerpo como parte esencial de su ser. El cuerpo ha sido y es sujeto y objeto de cultura

La Prehistoria (40.000 – 5.000 a.C.)

Agudo (2007) explica que en la época prehistórica, y concretamente en la Edad de Piedra, ya existía un  canon de belleza sobre las mujeres, ya que en aquellos tiempos lo mas importante para las personas era la supervivencia.

Durante este periodo, las representaciones artísticas que se han conservado nos dan la imagen de mujeres, según Bravo (s.f.), “caracterizadas por el abultamiento de los senos, vientre y caderas; con estas formas tan marcadas lo que se quería representar era el culto a la fecundidad, tanto de las propias mujeres, como de la tierra encarnadas en ellas”.

Agudo afirma que esto se sabe gracias a los estudios y descubrimientos arqueológicos de las diferentes esculturas denominadas Venus o diosas de la fertilidad femenina que se han encontrado en numerosos descubrimientos arqueológicos, como por ejemplo la Venus de Willendorf.

Egipto (2955 – 332 a.C.)

Según Agudo (2007:s.p.): “el cuerpo humano debía estar armónicamente proporcionado, utilizaban el puño como unidad de medida, así codificaron la estatura perfecta de las personas en 18 puños”.

Por afirmaciones de Larrea (2011), en esta época, el canon de belleza de una mujer era ser delgada, con miembros pequeños pero de caderas anchas, pechos pequeños y torneados, ojos grandes, y alababan su belleza con joyas y bisutería.

Siguiendo con Agudo, por el calor, tenían que ducharse varias veces al día empleando, baños de leche y demás ungüentos, ya que la climatología del país no ayudaba a tener un buen olor corporal. Dadas las altas temperaturas, los problemas de sudoración eran muy frecuentes lo que les llevo al empleo de desodorantes y colonias.

Por otro lado, Larrea (2011) explica que la belleza era muy elogiada decorando todo su cuerpo con lo que hoy en día le llamamos maquillaje. Fueron los pioneros de éste y lo usaban tanto mujeres como hombres. Se perfilaban los ojos para verse más bellos y para hacer alusión al dios Horus.

Grecia ( S. VII – I a.C)

El ideal estético del mundo clásico se fraguó en la antigua Grecia a partir sobre todo de la escultura. Agudo afirma que la belleza se concebía como el resultado de cálculos matemáticos, medidas proporciones y cuidado por la simetría.

Como en Egipto, según Heredia (2009), en Grecia se entendía al cuerpo humano como el ideal de belleza en el que todas las partes deben guardar una proporción armónica entre ellas. Este canon de belleza establece que el cuerpo humano para ser perfecto debe medir siete veces la cabeza; un ejemplo de ello se encuentra en la escultura de Policleto.

La belleza de las mujeres la podemos analizar en las esculturas de la época: las mujeres eran robustas y sin sensualidad, de ojos grandes y nariz afilada. Las mejillas y el mentón ovalados, pues daban un perfil triangular, el cabello ondulado detrás de la cabeza, y los senos pequeños y torneados. “La Venus de Milo es un claro ejemplo de ésta época” (Larrea, 2011:s.p.).

Agudo añade que en la época griega tenían afición por los baños, los aceites perfumados y la cosmética.

Imperio Romano (s. I – IV)

Prieto (2010) afirma que cuando el canon de belleza griego llegó a Roma, las características de la escultura se perfeccionaron, pero siguiendo la proporción de Polícleto, aunque se le suma una cabeza más a la altura del cuerpo.

Según Agudo, los cánones de belleza cambiaron a lo largo del imperio, dependiendo de los pueblos que fueron dominando: tanto hombres como mujeres se maquillaban, y una de las modas que siguieron las romanas fue teñirse de rubio y palidecer la piel.

Aún y todo, Bravo (s.f.) cuenta que se produce la caída del Imperio Romano por la invasión de los pueblos germanos, éstos van imponiendo otros modelos estéticos, van apareciendo hombres con el cabello más largo y con barba, cosa que no había ocurrido hasta el momento.

Edad Media (s. V- XV)

Hay que tener en cuenta que la Edad Media fue un período de la historia marcado por un fuerte sentido religioso, oscurantismo, atraso ideológico y teocentrismo que gobernó todas las manifestaciones de la vida pública. Bravo explica que el miedo al más allá intensificó el sentimiento místico, provocando la huida de todo lo pagano y terrenal.

En esta época, según Larrea, la belleza obedecía la intervención de Dios como consecuencia del auge del cristianismo: “si se consideraba lindo o bello algo, era porque había sido una creación divina” (2011:s.p.). La belleza material era externa, física o sensible y era una cualidad que se ‘pierde’ con el tiempo, al contrario que la belleza espiritual, la cual perdura con el tiempo, permaneciendo en el interior de las personas. Algunas de estas cualidades son la bondad, la simpatía, etc.

Además, Agudo añade que en la Edad Media había un modelo de belleza impuesto por las invasiones bárbaras, las cuales mostraban la belleza nórdica de ninfas y caballeros, como se puede apreciar en las pinturas de la época. La fe y la moralidad cristianas impusieron un moderación en las vestimentas y  la práctica desaparición del maquillaje, que se consideraba contrario a la moral cristiana en cuanto que desfiguraba lo que Dios había creado.

La blancura de la piel era un símbolo de belleza muy importante  ya que era un indicador de la pureza  de la mujer y al mismo tiempo un símbolo de la procedencia del norte de Europa. Las vírgenes medievales presentan también estas mismas características.

El cristianismo tenía tanto poder en la Edad media que, como cuenta Prieto, aplicó una censura a la hora de representar cuerpos desnudos. Esto propició que cuando tenían que mostrarse, como en El Juicio Final, los cuerpos se esquematizaran al máximo para quitarles cualquier matiz de sexualidad, de esta forma cuando el fiel acudiera a la iglesia, observase desnudos grotescos que lo alejasen del mal y sus posibles errores.

El Renacimiento (s. XV – XVI)

Según Larrea (2011) y Rivera (2013), en el Renacimiento la belleza se refinó al máximo. El canon de belleza de la mujer se basaba en cuerpos redondeados, manos y pies finos, pechos pequeños y firmes, de pelo rubio (aunque también se teñían de pelirrojo), tez muy blanca pero con mejillas sonrosadas y un fuerte color de labios que hiciera contraste con la blancura de los dientes. Se mostraba el cuello despejado, cejas muy depiladas, peinados muy elaborados y pelucas, y vestidos muy ostentosos.

Dentro de las producciones artísticas, Agudo remarca la importancia del cuadro El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli como representación del cuerpo femenino.

Siguiendo con Agudo, durante el Renacimiento se siguió perfeccionando las proporciones del cuerpo humano, llegando a crear el hombre de Vitruivio de Leonardo da Vinci. En él, el ombligo era el punto central natural del cuerpo humano y el centro de la circunferencia y del cuadrado en el que se inscribe el cuerpo del hombre extendido. Esta proporción refleja la máxima belleza y perfección, es decir la belleza divina. “Para Leonardo, el hombre era el modelo del universo y lo más importante era vincular lo que descubría en el interior del cuerpo humano con lo que observaba en la naturaleza” (2007:s.p.). 

El Barroco (s. XVII – XVIII)

Según Larrea, el Barroco estuvo caracterizado por ser el periodo de la apariencia y el coqueteo. Las cortes europeas enfatizaron su poder mediante el arte de la apariencia. La Ilustración del siglo XVIII puso fin a estos hechos e impuso la sobriedad en las formas, aunque a pesar de esto, no abandonaron muchos de estos hábitos adquiridos. Un  ejemplo de esto, es el uso de las pelucas tanto para los hombres, como para las mujeres.

Siguiendo con las pelucas, Agudo añade que lo más destacado de esta época es el uso y abuso tanto de perfumes (carmines, lunares postizos o pintados, peinados  muy pomposos…) como de prendas de vestir (corsés muy ceñidos al cuerpo, encajes, ropas suntuosas, zapatos de tacón, espejos, joyas…).

Larrea y Agudo se ponen de acuerdo para afirmar que en esta época nació la palabra ‘maquillaje’, aunque en muchas ocasiones era un sinónimo de truco y engaño. Por lo que puede clasificarse el ideal de belleza femenino, como bastante artificial.

En cuanto al aspecto físico, Rivera añade que se empiezan a ver cuerpos más rellenitos: caderas, más anchas y cintura estrecha, brazos redondeados y carnosos, piel blanca y pechos más llamativos que son resaltados por los corsés.

Siglos XVIII y XIX

Según Larrea, durante el siglo XVIII, París fue la capital europea de la moda y la estética. Las mujeres de esa época, se empolvaban la cara y el cuello, usaban pelucas extravagantes, se dibujaban lunares y se pintaban los labios con forma de corazón.

Pero tras la Revolución Francesa se dejó de lado lo ostentoso y entre la nobleza empezaron a perseguir la sencillez. Al aumentar la clase trabajadora, en el siglo XIX, se empezaron a utilizar los moños, debido a su practicidad, dejando a un lado las pelucas. El ideal de belleza eran mujeres pálidas, con cuerpos lánguidos y se vestían con faldas de gran tamaño.

En la época Victoriana lo más destacable fue el uso del corsé, para estrechar al máximo la cintura y realzar el busto y las caderas. “Estos apretados elementos dejaban sin aliento a muchas mujeres, provocando desmayos o incluso la muerte por la deformación del tórax, que acaba estrujando los órganos vitales” (Rivera, 2013:s.p.).

Siglo XX

Según Larrea, durante el siglo XX los cánones de belleza mayoritariamente fueron marcados por el cine, aunque a principios del siglo XX, Rivera afirma que el canon de belleza femenino lo marcaban las caricaturas del dibujante Charles Gibson, las chicas Gibson. El creador de estos dibujos, les asignó los valores y costumbres que los caballeros consideraban adecuados para una dama. Según Agudo: “estás debían ser de pecho erguido, caderas anchas y nalgas sobresalientes; además de sumisas y obedientes” (2007).

Durante la Belle Epoque, el modelo de mujer estaba marcado por la silueta en ‘S’, ajustando las faldas para resaltar la figura, los peinados sobre la cabeza y sombreros adornados por plumas. Agudo declara que la silueta en ‘S’ se debía al corsé, que provocaba una cintura pequeña, aplanaba el abdomen, empujaba los pechos hacia arriba y destacaba las caderas. Erausquin (2014) añade que los carteles publicitarios fueron los encargados de fomentar este estereotipo, aunque solo las clases altas pudieran seguir esta moda. En esta época surgió la idea de mujer fatal, personificación de la seducción, encarnada, sobre todo, por la actriz Theda Bara, primera ‘femme fatale’ del cine mudo de Hollywood.

Siguiendo con Erausquin, con la llegada de la Primera Guerra Mundial, se incorporaron prendas más cómodas e incluso con cierto carácter masculino. Se olvidó en gran medida la atención al cuerpo y se asumió cierto carácter andrógino.

Tras la guerra, llegan los felices años 20, con un nuevo sentido de la libertad, en los que la percepción de belleza cambió radicalmente. La mujer fatal cayó en desgracia y llegó una mujer de cabello corto (el corte bob), con silueta aplanada, en la que se ocultaban los pechos y la cintura, como si fuera una eterna adolescente. Se apreciaban las féminas delgadas y, con la incorporación de la mujer al deporte, del cuerpo curvilíneo se pasó a apreciar el físico atlético. Incluso se puso de moda el bronceado, antes signo de trabajar en el campo y que denotaba buena salud.

Larrea destaca que una de las mujeres que destacó en esa década y también en las siguientes fue la gran diseñadora Coco Chanel.

La década de los treinta está dividida en dos momentos: antes y después del 33. Como bien dice Erausquin, los primeros años de esta década, representan el final de la imagen andrógina de los años 20, junto con sus excesos, “un periodo donde se observa el mayor libertinaje sexual en la historia hasta este momento” (Agudo, 2007:s.p.).

Rivera anuncia que “es la década de la lencería, la mujer va cobrando protagonismo y la belleza de la mujer, tanto vestida como desnuda, se vuelve importante” (2013). Y Agudo lo confirma, añadiendo que la modista francesa Coco Chanel agregó al armario de la mujer una prenda que hasta el momento había sido exclusivo de los hombre, es decir, los pantalones.

En la segunda etapa de los años 30, la mujer tradicional iba acercándose cada vez más a la ‘vampiresa’, siendo una mujer temida por los hombres, los que mansos y sumisos se deberían arrodillar y sacrificar en la adoración de la diosa. Erausquin destaca que grandes estrellas de Hollywood como las sensuales Jean Harlow y Mae West o la divina Greta Garbo, se convierten en icono de estilo, así como la femme fatale Marlene Dietrich.

El pelo rubio platino, la tez pálida, las cejas esculpidas y los labios, siempre rojos, se convierten en el culmen de la moda, junto con destacados escotes que provocaban más de una pasión en el ámbito masculino. Agudo resume la actitud de la mujer en esta cita:

“En este momento la mujer estaba envuelta en un halo de encanto, sensualidad y misterio. Los hombres perecían frente a esta belleza madura de movimientos felinos y mirada dormida y la mujer sacaba provecho de su cuerpo y no lo ocultaba por prejuicios moralistas.” (2007:s.p.)

En la posguerra, “la exuberancia femenina se apodera de las pantallas” (Rivera, 2013:s.p.). La mujer rotunda y con curvas es el gran ideal de la década. Las chicas buscan o desean tener un busto explosivo, caderas redondeadas y piernas largas y tonificadas. Marilyn Monroe o Sofía Loren, mujeres de anchísimas caderas, con redondeadas y voluptuosas piernas, fueron los modelos a seguir, y miles de mujeres intentaron imitarlas, según Erausquin.

Sin embargo, Agudo añade, que otras mujeres, como Elizabeth Taylor, se convierten en inspiración mientras que empieza el destape junto con Betty Page y las modelos pin-up. En España, Carmen Sevilla o Sara Montiel se convierten también en grandes mitos y arquetipos de la belleza.

En los años 60, siguiendo con Erausquin, se produce una revolución estética que va de la mano del malestar de la juventud y del feminismo. El ideal de la mujer vuelve, en cierto modo, a la imagen de los años 20. Las chicas quieren un cuerpo delgado y suave, piernas largas, pelo corto, ojos con pestañas postizas y delineador. Larrea añade que la diseñadora Mary Quant puso de moda la minifalda, y con ello vino la extrema delgadez.

Llegan como prototipo femenino modelos como Twiggy o actrices como Audrey Hepburn. A pesar de esto, Rivera contrasta que Sofía Loren, Ursula Andress o Raquel Welch se convierten en mitos eróticos de la década.

En la década de los 70, las mujeres se desmelenan, se cardan el pelo, dejan a un lado el sujetador y el bronceado se impone. Las cejas se dibujan naturalmente y los ojos se resaltan con sombras coloridas. Larrea añade: “se ‘usaban’ los cuerpos delgados, y todavía no se habían impuesto los pechos grandes. Las cirugías estéticas aún no eran una necesidad para las artistas, se ‘apuntaba’ más a un cuerpo natural” (2011). En la moda reinan el hippie y el folk, los vaqueros de campana y también aparece la moda funk y tribus urbanas como los punks o los rockeros.

Según Erausquin, en los años 80 llega la época de los excesos y la excentricidad, de cabellos leoninos, con moldeador y cardados, de la música disco… La moda se caracteriza por hombros XXL con hombreras, tacones altos o cinturas finas. Pero Agudo añade que manteniendo siempre la delgada línea, pero con un poco más de pecho que en la anterior década. Para mantener esa delgadez, Larrea afirma que el ejercicio físico se vuelven regular y cotidiano, creando un boom en los gimnasios. Y se ponen de moda las mujeres rubias como Bo Derek, Kim Basinger y Melanie Griffith.

Sin embargo, Madonna se convierte en un icono imitado por millones de jóvenes en todo el mundo, y Sabrina o Samantha Fox destacan por su cuerpo. Por estas ultimas, Erausquin cuenta que hubo un estallido de las operaciones de aumento de pecho.

Al mismo tiempo, llega la ‘Generación Salud’, con los movimientos anti-drogas (con especial intensidad en el tabaquismo y el alcoholismo), defensa del medio ambiente, del naturalismo y del llamado ‘sexo seguro’ (en esta década tuvo lugar la crisis del SIDA).

En los años 90, según Agudo, las mujeres siguen siendo delgadas, aunque la talla del busto aumenta, surge una nueva Marilyn Monroe (con el pelo teñido y operaciones incluidas): Pamela Anderson.

Erausquin dice que llegó el momento de Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Jennifer Aniston… El corte de pelo de esta última fue uno de los más pedidos en las peluquerías de todo el mundo durante años.

En el canon de belleza de este momento predominaban los enormes pechos, cuerpos delgadísimos, labios y pómulos prominentes… y para ello se hacia uso de la cirugía estética. Como dice Rivera (2013): ”las mujeres se quedan físicamente estancadas en los treinta y tantos, gracias a las operaciones que estiran la piel para hacer desaparecer las arrugas”.

Larrea añade que al mismo tiempo, se comienza a hablar de bulimia y anorexia. Trastornos alimenticios, fruto de un canon de belleza casi imposible que muchas mujeres pretendían alcanzar. Ese ideal de delgadez extrema llegó de la Mano de Kate Moss.

 

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